Una idea que tardó una década en llegar

Jules Rimet defendía la creación de una competición internacional abierta también a profesionales y separada de los Juegos Olímpicos. El éxito del torneo olímpico de 1924 y la aprobación del Congreso de FIFA de 1928 terminaron por convertir aquella idea en un campeonato propio.

Uruguay fue elegido anfitrión después de ganar el oro olímpico en 1924 y 1928. El país celebraba además el centenario de su Constitución y asumió parte de los gastos de las delegaciones visitantes. Aun así, la distancia redujo la participación europea.

Un Mundial concentrado en Montevideo

Los 18 partidos se disputaron en la capital uruguaya. El Estadio Centenario debía ser el gran escenario, pero las lluvias retrasaron unas obras que habían comenzado solo cinco meses antes. El recinto se inauguró el 18 de julio, cuando el campeonato ya llevaba varios días en marcha.

Dos balones para una final

Uruguay y Argentina llegaron invictas al partido decisivo del 30 de julio. Como no se pusieron de acuerdo sobre el balón, se utilizó uno argentino en la primera parte y uno uruguayo en la segunda. Argentina se fue al descanso con ventaja de 2-1, pero Uruguay remontó hasta el 4-2.

Héctor Castro marcó el último gol. Con aquella victoria, Uruguay se convirtió en el primer campeón del mundo y el torneo inició una historia que transformaría el calendario y la cultura del fútbol.

Por qué sigue siendo especial

Uruguay 1930 recuerda que las grandes competiciones no siempre nacen como gigantes. No hubo fase de clasificación, todas las sedes estaban en una sola ciudad y algunos participantes pasaron semanas viajando. Sin embargo, ya estaban presentes los elementos que aún definen un Mundial: rivalidad, identidad nacional, relatos inesperados y una final capaz de quedar en la memoria colectiva.

Fuentes